Cold War de Pavel Pawlikowski

Bruselas, abril de 2019 (ER). En el interior del cuerpo cinematográfico de Cold War (Polonia, 2018) Zula (Joanna Kulig) y Wiktor (Tomasz Kot) se miran incesantemente.

Se buscarán de la misma forma dentro de la música, las voces, las ilusiones, la esperanza de tenerse y de respirarse.

Lo hacen desde el interior de sus propias historias y deseos, desde eso que parece ser una música interior que nos dota de ritmo y de sentido.

En ese espacio que retoma el formato casi cuadrado de un cine viejo, la cámara late al ritmo de una serie de partituras que los-nos hacen vibrar y callar, unirse y alejarse en una especie de danza del tiempo, cercada por una historia construida a golpe de ideologías políticas.

Entre muchas otras, Cold War se pregunta ¿por qué la estupidez de cualquier forma de sistema político totalitario castra la libertad del amor y del arte?

Condenados a la lejanía de su suelo, donde es posible reconocer los paisajes y la vida, Zula se va consumiendo

Es entonces cuando la bellísima canción que surgió en una comunidad, se intenta decir en otra lengua. Una traducción que mutila el alma de ese lenguaje, que entumece el canto y vuelve nada la poesía; como también sucede con los bailes y los versos bañados con un culto vacío a un líder omnipresente.

Alejados, sin ese amor que da un poco de sentido al mundo, Zula se vuelve una caricatura de sus dones.

Decía el cineasta polaco Krzysztof Kieślowski que lo importante no es dónde colocar la cámara sino para qué. Este profundo para qué se encarna en cada secuencia de Cold War.

Como aquella en el interior de una iglesia rota, donde los ojos de un ícono medieval se asoman sutilmente… una iglesia en donde es posible, en un solo plano, descubrir el cielo, mientras los tonos de Zula y Wiktor se unirán como lo han hecho ya sus cuerpos y sus voces.

Y en la última nota…

En ese plano místico que cierra la vida dentro de la película, se nos sugerirá que quizá sí, del Otro Lado, la vista sea aún más bella.